Cuando lees la gran hazaña del profeta Elías matando a los falsos profetas de Baal (1Re.18), no puedes menos que asombrarte del poder que operaba por medio suyo, así como de su determinación por honrar al Señor y hacer volver el corazón de un pueblo idólatra a la adoración del único y verdadero Dios. Sin embargo, tras una gran victoria, el capítulo siguiente (19) muestra al hombre en un estado depresivo que se asemeja al que sufren los soldados tras la guerra. ¿Sabías que cada día se suicida un soldado norteamericano que ya no está en activo? Se cree que la causa principal es el síndrome de estrés post-traumático y la depresión, muchas veces sofocada con algún consumo de drogas. La cantidad de soldados muertos en la guerra de Afganistán es menor a la de los soldados que se han quitado la vida una vez que volvieron a “casa”.

El desgaste por las batallas de cada día a veces nos hacen perder la fuerza y el coraje que necesitamos para seguir luchando; pero más que eso, nos hacen perder perspectiva. Asumimos que la “realidad” que estamos viviendo es, de alguna manera, irremediable y que estamos solos enfrentando el conflicto. Pero ¿esa es la realidad?

Elías viajó hasta Beerseba (sig. siete pozos) y dejó a su criado allí mientras él continuó su camino por el desierto y se sentó debajo de un enebro y deseó morir diciendo: ¡Basta ya, Señor, quítame la vida pues no soy mejor que mis padres! Luego se quedó dormido. Ésta es la imagen de cualquiera de nosotros cuando nos rendimos ante los nuevos retos y desafíos que la vida nos ofrece. Decimos: ¿otra vez? ¿no fue suficiente ya? ¿volver a pelear? estoy cansad@ y no quiero levantarme otra vez; ¿cuándo terminará todo esto?

Insisto, el problema de fondo es que perdimos perspectiva. Aunque Elías no sabía lo que hacía, Dios mismo le proveyó de pan y agua para caminar hasta Horeb, monte de Dios. El camino fue largo (40 días y 40 noches), pero también el necesario para que el profeta ordenara sus ideas, alineara sus pensamientos y confirmara su corazón; sin embargo, cuando se presentó ante Dios y él le preguntó dos veces: -¿Qué haces aquí Elías?- la respuesta terminaba con un “me buscan para quitarme la vida”. Ahora bien, cuando el Señor se manifestó, lo hizo precedido por un fuerte viento que rompía las rocas, por un terremoto y por fuego, pero el Señor no estaba ahí. Luego del fuego vino un silbo apacible y delicado y entonces Elías cubrió su rostro. Dios se había manifestado.

¿Qué significa todo eso? Si bien las obras poderosas de Dios, representadas por el viento, terremotos y fuego son las que hacen que nuestras batallas se conviertan en victorias y es ahí donde Él despliega su poder a nuestro favor, el estado permanente en el que Dios habita es de absoluta calma, plena tranquilidad, total serenidad y control infinito, que se representan por un silbo apacible y delicado. Esa es la perspectiva de Dios ante TODOS los conflictos del universo, no solo los nuestros.

¿Qué tal si en lugar de deprimirnos y sentirnos derrotados por los nuevos desafíos, o atemorizados por los que de antemano sabremos que mañana vendrán, optamos por pedir al Señor que nos permita ver con sus ojos la realidad de lo que estamos viviendo? Te aseguro que después de hacerlo oirás un silbo apacible y delicado que te dice: Todo está bien.

El Señor dice: Te guiaré por el mejor sendero para tu vida; te aconsejaré y velaré por ti.

Salmos 32:8 NTV

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